
Solemos asumir que pagar más significa tomar mejor café. Pero el precio de una bolsa depende de muchos factores que no tienen que ver con la calidad de la taza. Le explicamos en qué vale la pena fijarse cuando compra café.
Existe una idea muy extendida: que el café más caro es, por definición, el mejor. La realidad es que el precio no mide la calidad. Mide otras cosas.
La marca, el empaque, los costos de importación o simplemente la moda pueden encarecer una bolsa sin que la taza sea mejor. Un café puede costar bastante y no destacar en nada, mientras que otro más accesible puede ofrecer una experiencia excelente. El precio, por sí solo, no le dice si un café es bueno.
¿Y qué sí ayuda a saberlo? En teoría, el puntaje de catación: un café que alcanza 80 puntos o más se considera de especialidad. El problema práctico es que casi ninguna bolsa muestra ese puntaje en la etiqueta. Entonces, cuando usted está frente a la góndola, conviene fijarse en otras señales.
La primera es la trazabilidad. Cuando un café cuenta de dónde viene (la región, la cooperativa, la finca o el productor), hay una historia y un responsable detrás de esa taza. Eso no significa que un café sin finca identificada sea malo: muchas cooperativas y empresas reúnen el café de cientos de productores y elaboran productos excelentes. La trazabilidad es un valor agregado, no una regla absoluta.
Otra señal útil es la fecha de tueste. El café está en su mejor momento durante las primeras semanas después de tostado, así que una bolsa que indica cuándo fue tostada le da una pista valiosa sobre su frescura.
Al final, no se trata de seguir reglas rígidas ni de perseguir el café más caro. Se trata de tomar café con un poco más de conciencia: saber qué está tomando y de dónde viene. Esa es la mejor forma de encontrar un café que valga lo que cuesta.
